
7 de Agosto: San Cayetano ya no pide, exige


No profeso una fe. Lo digo sin vueltas, porque el 7 de agosto exige esa honestidad antes de escribir sobre San Cayetano. Pero hay una razón por la que millones de argentinos, crean o no, ese día visitan la iglesia, con un ramito de flores, una vela o cualquier otra ofrenda: no le piden un milagro abstracto, piden pan y trabajo. Y cuando un pueblo entero convierte una devoción en una fila de horas para pedir empleo, está diciendo algo que ninguna estadística del INDEC logra decir con la misma claridad.

Hoy esa fila es más larga que nunca. No hace falta ser creyente para ver lo que hay detrás de la estampita: un mercado laboral fracturado -con más de 26.000 PyMEs cerradas-, cuentapropismo forzado disfrazado de "emprendedurismo" y una precariedad que ya no es la excepción sino la norma para buena parte de una generación. San Cayetano, patrono del trabajo, se volvió también el patrono de la changa, del trabajo por aplicación o del monotributo que no alcanza. En definitiva del salario que llega a mitad de mes.
El Papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas, pone nombre a este fenómeno con una precisión que trasciende cualquier credo: el paradigma tecnocrático, ese que subordina a la persona a la eficiencia y al lucro ciego. Habla de custodiar lo humano en medio de la transformación tecnológica, y recupera la vieja dicotomía bíblica entre la Torre de Babel y Jerusalén. Babel es la autosuficiencia que aísla y deshumaniza: el capital especulativo que gira sobre sí mismo sin tocar la economía real, el algoritmo que reemplaza sin reconvertir, la timba financiera que rinde más que producir. Jerusalén, en cambio, es el trabajo compartido puesto al servicio del bien común: la fábrica que emplea, el taller que forma oficio, la PyME que sostiene un barrio, una ciudad.
No hace falta comulgar con la teología para reconocer el diagnóstico. La Argentina de estos últimos años eligió Babel demasiadas veces: premió al capital financiero por sobre el productivo, discutió reformas laborales que flexibilizan hacia abajo sin generar ni un puesto genuino, y dejó que la timba de las tasas rinda más que encender una máquina o contratar un nuevo empleado. Mientras tanto, San Cayetano recibe cada 7 de agosto a quienes pagan esa decisión con el cuerpo: los que hacen fila y no ruegan por un bono, sino porque alguien los deje trabajar.
No necesito ser creyente para sostener esto: en un país con semejante nivel de informalidad, changas y cierre de PyMEs, la devoción popular a San Cayetano es el termómetro social más honesto que tenemos, más confiable que cualquier índice oficial de empleo. Ese termómetro marca fiebre alta hace rato.
Por eso, mientras haya una organización como ENAC, un espacio de empresarios nacionales que sostiene el trabajo genuino, que financia con dinero propio lo que la timba financiera abandona y que defiende cada puesto como un acto de soberanía, esa fila tiene una salida. La política tiene la obligación de escuchar ese termómetro: custodiar lo humano frente a la voracidad tecnocrática, es una decisión productiva.
El objetivo no es resignarnos a que la fila de San Cayetano siga creciendo para pedir. Es trabajar, cada uno desde su lugar, para que empiece a acortarse, y que el 7 de agosto sea, por fin, el día en que se vuelva a agradecer.



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