El cansancio como síntoma y la urgencia de una alternativa

Nota de opinión del empresario y socio de ENAC, Walter Petina.
Comunicación - Notas de opinión10/04/2026Equipo ENACEquipo ENAC
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En estos días, como muchos de nosotros, me encontré mirando las noticias del paro parcial de transporte. Las imágenes eran las de siempre: colectivos abarrotados, gente caminando largas cuadras, bronca, resignación, discusiones en la calle y en la televisión.

Pero lo que más me quedó no fue el paro en sí mismo, sino las reacciones. Ese murmullo social que ya no es enojo puro, sino algo más profundo: cansancio. Un cansancio que no empezó ayer.

Porque el paro, como tantas otras cosas en la Argentina, no explica el problema. Lo expone. Lo deja al desnudo. Y en ese desnudo aparece una realidad cada vez más extendida: la de millones de personas que trabajan todos los días, muchas horas, que viajan mal, que comen peor que hace algunos años, que pasan menos tiempo con sus hijos, que hacen cuentas constantemente para ver si llegan a fin de mes, y que aun así no logran construir una idea de futuro posible.

Ahí es donde la discusión deja de ser económica para volverse existencial. Hay algo que se rompió en la relación entre esfuerzo y recompensa. Entre trabajo y dignidad. Entre presente y futuro. Y cuando eso se rompe, lo que queda no es solamente la dificultad material: es la sensación de que no importa cuánto se haga, no alcanza.

Ese es el verdadero clima de época.

Y no es un fenómeno aislado. La historia reciente muestra que muchas veces los procesos sociales encuentran su punto de quiebre en situaciones que, en apariencia, son menores. El aumento del transporte en Chile en 2019 fue el detonante de una crisis que terminó erosionando al gobierno de Sebastián Piñera. No era el boleto. Era todo lo que el boleto condensaba.

Acá pasa algo parecido. El transporte, el salario, el precio de los alimentos, el alquiler de una vivienda o los medicamentos no son problemas separados.

Son piezas de un mismo rompecabezas: una vida cotidiana que dejó de cerrar. Y en ese contexto, el modelo actual no solo ajusta. También desprecia.

Porque al deterioro material se le suma algo igual de corrosivo: el destrato. La falta de empatía. La idea instalada de que si alguien no llega, es porque no hizo lo suficiente. Como si el problema fuera individual y no estructural. Como si el mercado fuera un árbitro neutral y no un espacio profundamente desigual.

No es solamente un programa económico. Es una forma de mirar a la sociedad. Y en esa mirada hay una distancia cada vez mayor entre quienes toman decisiones y quienes las padecen.

Ahora bien, hay un punto incómodo que no se puede esquivar: muchos de los que hoy viven esta situación votaron este rumbo.

Y ahí aparece la pregunta que la oposición no puede seguir evitando. No es por qué votaron así. Es por qué no encontraron otra opción convincente.

Porque si frente a una realidad que se deteriora, amplios sectores siguen sosteniendo -o al menos no abandonando-  estas ideas, el problema no es solamente del gobierno. También es de quienes no logramos construir una alternativa que los represente.

Y esto tampoco es nuevo.

Este modelo ya lo conocemos. Tiene historia. Tiene antecedentes claros. Empieza a delinearse con la dictadura de 1976 y el programa económico de Martínez de Hoz: apertura indiscriminada, endeudamiento, desindustrialización y transferencia de ingresos hacia sectores concentrados.

Se profundiza en los años noventa con la convertibilidad de Cavallo: estabilidad inicial a costa de destrucción productiva, desempleo estructural y una crisis final que en 2001 dejó al país al borde del colapso, con niveles de desocupación cercanos al 30% y más de la mitad de la población en la pobreza.

Vuelve a tomar fuerza entre 2015 y 2019: endeudamiento récord, acuerdo con el FMI por 44.000 millones de dólares, caída del salario real, aumento de la pobreza y fuga de capitales.

Y hoy, con nuevas formas y discursos, reaparece con la misma lógica de fondo: ajuste, concentración y fragilidad social.

A eso le sumamos además el tutelaje del exterior y un Estado entreguista. Para muestra basta la aprobación de la ley de glaciares de esta semana.

Cada vez que este modelo avanza, el resultado es el mismo.

Pero también hay otra parte de la historia que no se puede omitir.

Entre 2003 y 2015, con todas sus limitaciones y errores, la Argentina vivió un proceso de crecimiento con inclusión. Se recuperó el empleo, mejoró el salario real, se amplió el consumo, se fortalecieron políticas públicas en educación, ciencia y tecnología, y millones de personas accedieron a derechos que antes les eran ajenos.

Sin embargo, hay algo que no supimos construir del todo: la conciencia de que ese bienestar no era casual.

Muchas veces la sociedad no asocia su mejora en la calidad de vida con las políticas que la hicieron posible. Y cuando esas políticas desaparecen, el deterioro aparece más rápido que la memoria.

Por eso la autocrítica es imprescindible. No alcanza con señalar lo que hace mal el gobierno actual. Hay que preguntarse por qué no fuimos capaces de sostener, renovar y defender un modelo que había generado mejores condiciones de vida.

Hubo errores propios: problemas de gestión, tensiones inflacionarias, desgaste político, desconexión con nuevas demandas sociales.

Pero también hubo factores de poder que operaron sistemáticamente para erosionar ese proceso: un sistema de medios concentrado que construyó sentido común en contra, y un poder judicial que en demasiadas ocasiones actuó en abierta connivencia con intereses económicos.

Sin entender esa combinación -errores propios y poder real- es imposible construir una estrategia hacia adelante.

Y ese adelante tiene una fecha: 2027. No como un calendario electoral, sino como un horizonte político.

Porque no alcanza con esperar que el gobierno se desgaste. No alcanza con administrar el descontento. No alcanza con repetir consignas.

Hace falta construir una alternativa de poder.

Una que tenga claridad sobre qué hacer con la economía, con la deuda, con el ingreso de las familias. Una que vuelva a poner en el centro la producción, el trabajo y el desarrollo.

Una que apueste a una distribución más justa de la riqueza. A una educación que no sea solo discurso. A una ciencia y tecnología que dejen de ser variables de ajuste. A un sistema de salud accesible. Y , fundamentalmente, a un entramado de pymes fuertes que vuelvan a ser la columna vertebral de un país que produzca y no solo especule.

Pero además, hace falta algo más difícil: interpelar. Sin soberbia. Sin dar lecciones. Escuchando de verdad. Entendiendo por qué amplios sectores no se sienten representados, aún incluso cuando objetivamente hoy día se ven perjudicados.

Y al mismo tiempo, diciendo con claridad qué intereses están en juego. Porque este modelo no es neutral. No es técnico. No es inevitable. Beneficia a algunos y perjudica a muchos.

Y eso hay que decirlo.

La sociedad no necesita que le expliquen el cansancio que siente. Lo vive todos los días. Lo que necesita es una salida.

Pero esa salida no va a aparecer sola.

Si la oposición no es capaz de construir una alternativa creíble, con programa, con liderazgo y con capacidad de interpelación, no será responsabilidad de quienes hoy dudan o incluso sostienen este rumbo.

Será responsabilidad de quienes, teniendo la oportunidad de ofrecer algo distinto, no supieron -o no quisieron- hacerlo.

El desafío no es menor. Pero tampoco lo es el nivel de cansancio que ya está ahí, esperando transformarse en algo más.

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