
El privilegio de mirar
ENAC


Tengo una vida acomodada. No es una confesión ni una disculpa. Es un dato. Tengo una pyme que funciona, una casa, vacaciones, una red de contactos. No vengo de la cuna de oro, pero sí de una historia que me permitió ascender. Y en un país como el nuestro, donde la movilidad social se volvió excepción, eso ya es mucho.
Sin embargo, cada vez que salgo a la calle, algo me resulta incómodo. Miro alrededor y la desigualdad no sólo está presente: está naturalizada. Y lo más preocupante no es sólo lo económico, sino el clima cultural que construimos para justificarlo. Nos acostumbramos a no mirar. O a mirar y no ver. A convencernos de que si uno pudo, todos pueden. Como si el mérito individual bastará para explicar el lugar que cada uno ocupa en la sociedad.
Pero la realidad es otra: millones de personas en Argentina se esfuerzan todos los días y no logran salir de la pobreza. Hacen changas, trabajan en negro, cuidan a otros, madrugan, estudian… y aun así, no alcanza. ¿Qué sentido tiene seguir repitiendo que todo depende de la voluntad personal, cuando está claro que las condiciones no son iguales para todos?
Esa idea de que “el que quiere, puede” se transformó en el nuevo antídoto emocional: un tranquilizante social que anestesia la empatía. Un discurso funcional a quienes prefieren evitar cualquier reflexión sobre las responsabilidades estructurales. Porque claro, si la pobreza es culpa del pobre, no hay nada que revisar en el reparto de la riqueza, ni en el modelo económico que concentra privilegios.
Lo que vivimos no es nuevo, pero se ha profundizado: la riqueza se concentra cada vez más en pocas manos, mientras se multiplica el trabajo informal, la precarización y el endeudamiento familiar. La deuda ya no es solo financiera: es una deuda moral con millones de argentinos que sostienen la economía real pero no participan de sus beneficios.
Como parte de la ENAC —una organización que nuclea a empresarios y empresarias nacionales que apostamos al desarrollo con inclusión— sostengo que no hay proyecto de país posible sin una fuerte conciencia social por parte del sector productivo. No alcanza con generar empleo: hay que comprometerse con la calidad de vida de quienes trabajan con nosotros, con el acceso a derechos, con una distribución más justa del valor que se produce colectivamente.
Y esto no es una postura ideológica. Es una convicción basada en la experiencia. No hay empresa viable en un país inviable. No hay rentabilidad sustentable en una sociedad que excluye. O nos salvamos todos, o no se salva nadie.
Hace falta coraje para decirlo en voz alta dentro del mundo empresario. Porque sigue primando una idea peligrosa: que el compromiso social es una amenaza a la rentabilidad. Cuando en realidad, debería ser su condición. La equidad no es el obstáculo. Es el camino.
El gran desafío de esta etapa no es solo reactivar la economía: es reconstruir el lazo social, romper con la lógica del sálvese quien pueda y volver a pensarnos como comunidad. Para eso, necesitamos empresarios que no solo piensen en balances, sino en el país en el que quieren vivir. Que salgan de la comodidad del Excel y se animen a mirar lo que pasa a centímetros de sus oficinas.
Este artículo no pretende ser una denuncia ni una receta. Es una invitación al debate. Porque la desigualdad no puede ser la normalidad. Y porque quienes tuvimos el privilegio de llegar, tenemos también la responsabilidad de mirar.


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