
No puedo mirar para el costado
ENAC


Como dueño de una pyme, estoy convencido de que somos sujetos políticos por nuestra importancia en el entramado social y económico del país. Somos quienes generamos empleo, quienes ponemos el cuerpo cada día, quienes sostenemos con esfuerzo real la Argentina que se levanta temprano. Sin embargo, hace varias décadas lograron desarticular la unidad de las pymes, volviéndonos individualistas. Cada pyme hoy se piensa y se salva sola, según la cultura imperante. Es común escuchar entre colegas que no deberíamos meternos en política, quizá ni opinar. Pero yo me niego a aceptar ese silencio impuesto.
No entiendo qué sugieren. ¿Debería dejar que el mercado me guíe? ¿Acaso debo confiar en que “el buen dios me dará sus dones” si soy eficiente y me adapto a sus reglas de competencia? Está claro que cuando se deja todo en manos del mercado, la tan mentada libertad no existe, ya que quienes deciden son aquellos que tienen la capacidad de intervenirlo, sometiéndolo a sus intereses. Para contrarrestar esto existe el Estado y sus regulaciones. Yo no quiero resignarme a que la balanza siempre se incline del lado de los más grandes, de los que más tienen. No quiero que nos sigan diciendo que todo es culpa nuestra, mientras nos sueltan la mano.
Como ciudadano y empresario, no puedo dejar de exigir protección ante los embates del capitalismo voraz ni frente a políticas que eliminan empleos y destruyen comunidades enteras. No puedo aceptar la intensificación neoliberal de las desigualdades como si fuera una condición básica para la salud de un “buen” capitalismo. No puedo permitir salarios por debajo de la línea de pobreza, ni la reducción del acceso de la población a bienes que eran públicos y ejemplares, y que hoy están en vías de extinción por cumplir con metas fiscales (o por convicción ideológica). Me duele ver cómo se degrada lo que costó décadas construir. Me indigna el cinismo de quienes hablan de eficiencia mientras apagan el motor productivo del país.
El desmantelamiento del Estado, a través de la desfinanciación de instituciones de gran valía para las pymes, tendrá consecuencias muy negativas en el corto plazo. Y lo sabemos. Lo vemos. Lo sufrimos. Con este panorama, ¿puedo no involucrarme, mirar para el costado, protestar en redes anónimamente, votar sin pensar, o –lo que es peor– no votar? No, no puedo. Porque no quiero ser cómplice del derrumbe de lo que más amo en el mundo: mi empresa, mi familia, mi provincia y mi país.
Las repúblicas y las democracias solo existen en virtud del compromiso de sus ciudadanos en la gestión de los asuntos públicos. Si los ciudadanos activos o preocupados, como yo, no nos involucramos o renunciamos a la política, estamos abandonando la sociedad a funcionarios mediocres y banales. Y yo, al menos, no estoy dispuesto a entregar mi futuro sin dar pelea.




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